Un mundo sin nosotros. Del pesimismo cósmico de Eugene Thacker a la antiforma musical de Keiji Haino

Por: Juan Pablo Huizi Clavier / Sonotopías


Hay una pregunta que el black metal, quizá sin querer, formula con rara insistencia: ¿qué significa “negro” cuando lo humano deja de importar? Eugene Thacker la toma en serio en: En el polvo de este planeta [El horror de la filosofía, vol.1] (Materia Oscura Editorial, 2015) al leer el black metal como un archivo contemporáneo de demonología. No porque las bandas sostengan una filosofía del horror, sino porque su música y su iconografía rehacen —con torpeza, teatralidad y a veces lucidez— ideas antiguas sobre lo demoníaco.

Thacker lo plantea así en el capítulo Tres Quæstio Sobre Demonología, el significado de la palabra «Black» en el black metal. Aunque demonios y demonología parezcan restos folclóricos, lo demoníaco sigue circulando por la cultura popular. Y lo hace de una manera que no encaja del todo en el cliché de “vivimos en una época secular”. Más bien habitamos un escenario post-secular, donde lo religioso, lo místico y lo ritual regresan no como ortodoxia, sino como lenguaje de superficie, mezcla transversal y signo de época. En ese contexto, el black metal funciona como (otro) laboratorio. Un lugar donde lo demoníaco se reinterpreta y se vuelve práctica estética, a veces como vulgar parodia, a veces como firme convicción.

Thacker lo formula con precisión: pese a que el black metal rara vez produce una “filosofía” explícita, su relevancia está en el modo en que rearticula el concepto de demonio y lo demoníaco, con toda su ambigüedad.

La asociación más inmediata es conocida: black metal como satanismo, y “negro” como sinónimo de inversión blasfema. Thacker resume esa lectura con una ecuación deliberadamente simplificadora:

●       Black = Satanismo

No hace falta conocer mucho el género para saber que esa equivalencia no cubre todo. Muchas bandas operan desde matrices no cristianas: mitologías, épicas, animismo, paisajes montañosos como mística territorial, narraciones de origen. En ese segundo bloque —el de las bandas “no alineadas” con lo satánico—, Thacker propone otra acepción del “negro”:

●       Black = Pagano

Aquí lo “pagano” no es un folclore decorativo, sino una relación distinta con lo natural. En vez de una voluntad de dominar fuerzas oscuras contra una luz moral, aparece un respeto a las fuerzas impersonales del mundo; el mago no tanto como manipulador, sino como vehículo. Thacker juega, además, con un punto incómodo para nuestra modernidad: magia y tecnología no son opuestos puros; pueden entrelazarse. Lo pagano no es “atraso”, es otra ontología del vínculo con lo natural.

Hasta aquí, satanismo y paganismo divergen en forma, pero comparten una premisa. Aunque invoquen fuerzas que exceden la comprensión humana, siguen siendo fuerzas “para nosotros”. El humano continúa en el centro, ya sea como agente de la inversión blasfema o como aliado de una naturaleza con la que se busca estar “a favor”.

Y es en ese límite donde Thacker introduce una tercera acepción, la más difícil de sostener porque nos expulsa del marco. No es el negro como inversión (satanismo) ni el negro como alteridad (paganismo), sino el negro como indiferencia absoluta. El mundo no como escenario moral ni como territorio de alianza, sino como algo anónimo e impersonal, ajeno a nuestras esperanzas y a nuestras narrativas de control. Thacker lo llama una perspectiva “cósmica”, y más específicamente:

●       Black = Pesimismo cósmico

Pesimismo cósmico

El pesimismo cósmico es, en esencia, el intento de pensar el mundo sin nosotros: concebir lo que existe como radicalmente no-humano, indiferente a nuestros deseos, luchas y proyectos. En su versión extrema, roza una idea insoportable: la extinción como pensamiento imposible, porque ningún humano puede pensar la ausencia total de lo humano sin traicionarla con lenguaje humano.

En nuestra imaginación contemporánea, ese borde aparece de manera espectral en un conjunto de imágenes repetidas: guerras atómicas, desastres naturales, pandemias, colapso climático. Son imaginarios que se fijan en la cabeza porque ensayan una escena sin sujeto. Y más allá de lo espectacular, queda un mundo que no necesita testigos. Eso es lo verdaderamente perturbador.

Si volvemos al black metal desde aquí, la clasificación parece tentadora. El canon del género encajaría con el negro-satanismo. Por ejemplo: Transilvanian Hunger de Darkthrone; Wrath of the Tyrant de Emperor; De Mysteriis Dom Sathanas de Mayhem.

El bloque paganista podría reconocerse en discos como Nattens madrigal  de Ulver, o en ciertas estéticas de territorialidad mística (con variaciones evidentes según escena y época) como Forest Poetry de Ildjarn; Mysterious Semblance de Striborg; y Diadem of 12 Stars de Wolves in the Throne Room.

Y por último, los experimentos formales —donde la canción se deshace y la textura manda— que parecen acercarse al negro-cósmico, como The Grimmrobe Demos de Sunn O))); o Stratification de los canadienses Wold; que encajan a la perfección en este universo cósmico/pesimista, donde la música deja de representar algo y empieza a operar como atmósfera, como duración, como presión.

Pero si la tercera acepción es la más difícil, también es la que menos depende del black metal como género. En el fondo, lo que Thacker está persiguiendo no es una etiqueta musical, sino un tipo de experiencia; un afecto impersonal. Un negro que ya no simboliza, solo borra.


So, Black Is Myself

De manera reveladora, Thacker encuentra su ejemplo más claro de pesimismo cósmico fuera del black metal. Lo ubica en So, Black Is Myself (1997), una pieza del místico, poeta y multiinstrumentista japonés Keiji Haino.

La pieza se sostiene sobre un minimalismo extremo: ruido de un generador de tonos y la voz de Haino recitando un único texto. No hay desarrollo, no hay catarsis, no hay “canción” en el sentido habitual. Hay una continuidad que insiste, como si la obra se negara a servir de vehículo expresivo y, en cambio, quisiera convertirse en un medio, en una malla tonal donde voz, espacio e instrumento existen en grados variables de consonancia y fricción.

El texto, repetido como oración negra, condensa esa paradoja:

“Wisdom that will bless I, who live in the spiral joy born at the utter end of a black prayer.”

La traducción aproximada puede leerse así: “Sabiduría que me bendecirá, a mí que vivo en la espiral de alegría nacida al extremo final de una plegaria negra”.

Lo inquietante de So, Black Is Myself no es su “oscuridad” como estética, sino la forma en que despersonaliza la emoción. La angustia se vuelve condición. En términos filosóficos, se acerca a ese afecto impersonal que Kierkegaard describía como una simpatía antipática y una antipática simpatía. No hay consuelo, pero tampoco hay espectáculo del sufrimiento. Hay una presencia que no busca empatía. Por eso la pieza funciona como analogía musical del pesimismo cósmico.

 Si el black metal a menudo representa lo demoníaco, Haino trabaja con algo más abstracto y más cruel que es la negación como forma. Su música roza lo que Schopenhauer llamaría un nihil negativum, pero sin proclama. Lo vuelve textura y duración, hasta que la obra parece negarse a sí misma, como si su destino fuera no afirmar nada, ni siquiera su propia oscuridad.


Keiji Haino

Haino es, probablemente, una de las figuras más singulares de la música japonesa en su recepción occidental. Su aura de misterio no proviene solo de biografía o escena, sino de un tipo de práctica: una búsqueda sostenida de intensidad, una relación con la oscuridad, la nada y la eternidad, entendida como denominadores comunes del cosmos.


Durante más de cinco décadas ha sido una presencia incomparable del underground japonés, resistiéndose a quedar fijado en una etiqueta. Puede ser guitarrista, poeta, vocalista, improvisador, artista noise o jazzista, pero también algo que no encaja en ninguna de esas categorías. En un perfil de 2017 para The Quietus, Tristan Bath describía sus rituales de noise como actos que tensan el mundo hasta rozar la ruptura, como si el volumen y el grito intentaran abrir un pliegue en el tejido del espacio-tiempo.

Esa imagen, exagerada o no, apunta a lo esencial: en Haino la música no es “expresión personal” sino operación sobre lo real. Y en So, Black Is Myself esa operación alcanza una forma extraña de pureza: el negro ya no es satanismo, ni paganismo, ni teatro de símbolos. Es una práctica de borrado. Un mundo sin nosotros, sostenido por el zumbido.


Eugene Thacker. Foto: https://eugenethacker.com/

Keiji Haino. Foto: redbullmusicacademy.com

_

 

Referencias 

Darkthrone / Transilvanian Hunger https://www.youtube.com/watch?v=OOuO8l4me3w 

Emperor / Wrath Of The Tyrant https://www.youtube.com/watch?v=ktjZnYaUY4M 

Mayhem / De Mysteriis Dom Sathanas https://www.youtube.com/watch?v=qcS0CVJ1KPg 

Ulver / Nattens Madrigal- Aatte Hymne til Ulven i Manden  https://www.youtube.com/watch?v=x3WdtS4FZck 

Ildjarn / Forest Poetry https://www.youtube.com/watch?v=c8eUqTkc9qY 

Striborg / Mysterious Semblance https://www.youtube.com/watch?v=tRFlS45uogY 

Wolves in the Throne Room / Diadem of 12 Stars https://www.youtube.com/watch?v=YxaKjuAOeI4 

Sunn O))) / The Grimmrobe Demos https://www.youtube.com/watch?v=aerqIZ5aebE 

Wold / Stratification https://www.youtube.com/watch?v=I8-RWOdzI7c 

Keiji Haino / So, Black is Myself  https://www.youtube.com/watch?v=rwtipKjlTkw 

Keiji Haino / de Tristan Bath para The Quietus https://thequietus.com/interviews/strange-world-of/keiji-haino/

MARISA ARRIBASComentario